10 juliol 2009

La bombilla.

Se sentó a un metro y treinta y pocos centímetros de su mesa, más segura que nunca de lo que iba a hacer. Miró con el ceño fruncido y los dientes apretados la bombilla de su flexo. “Enciéndete” pensaba… y repetía este pensamiento una y otra vez. “Enciéndete”, “Enciéndete!”… Mantenía la mirada fija para no perderse el primer resplandor de su, de momento, infructuoso control mental. “Vamos, enciéndete!... ¿a qué esperas?”. Intentó imaginar el brillo de la bombilla cuando estaba encendida, el calor al tocarla… e incluso se convenció a sí misma de que ya lo estaba (quizás en un irracional intento de convencer a la propia bombilla). Pero nada. Todo era oscuridad. Sin embargo, aquella noche Carla sí que vio un poco más de claridad en su vida al darse cuenta de que, si realmente consiguiera encender aquella bombilla sin tocarla, se moriría de miedo.




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